sábado, 22 de noviembre de 2014

BRUCE WILLIS, UN EJEMPLO A -NO- SEGUIR

El hombre es el lobo del hombre
Thomas Hobbes


La impunidad de nuestros perturbados héroes

Cómo no quieren que haya violencia en el mundo si los protagonistas que encarnan en las películas del cine de acción el papel del nuevo héroe,  los que interpretan al paladín de la justicia en las películas más taquilleras y pasatistas que puedan existir en la  era de la Coca y de la Cola, esos filmes que miran millones de personas en el mundo mientras mastican sus pochoclos obnubilados por la sangre y el estruendo de las balas, estos modernos adalides, decimos, son tan salvajes y destructivos como los mismos villanos que persiguen y combaten en las sagas.  Pues ellos también son seres en guerra, seres que funcionan en espejo bajo la vieja ley del Talión, seres que luchan contra la violencia ejerciendo el mismo tipo de violencia que ejercieron contra ellos. Bajo ningún punto de vista estos invictos del sétimo arte se encuentran preparados para poner la otra mejilla, en caso de ser arrebatados por una bofetada; ellos directamente le arrancarían la cara al agresor de un puñetazo -y un puñetazo sorpresivo y traicionero como el de Bruce Willis, que citamos aquí-, si tuvieran que optar en ese momento por seguir el precepto de Jesús o entregarse a su propio instinto tanático y destructor.    

Solo los aficionados al cine de acción pueden hacerse una fiesta viendo a John McClane, el popular héroe al que da vida Bruce Willis, parando autos desaforadamente como un enfermo mental, en medio de una autopista totalmente colapsada de tráfico, con la evidente intención de robar un automóvil para poder perseguir a los sujetos a los que él llama “los malos”. Ocurrió en una de sus últimos films. Y  lleva el inentendible título de La jungla: un buen día para morir (A Good Day to Die Hard, de John Moore, 2013), que como siempre es más de lo mismo, como siempre ocurre con Willis, que ya no tiene otra cosa que ofrecer al público que la repetición en sí misma, -de sí mismo-, en su más pura esencia. Repite el modelo que lo llevó al estrellato. Aquí otra vez vuelve con la saga comercial  iniciada con Jungla de cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988). Un modelo de películas y un estilo de actuación que utiliza hasta el hartazgo como una fórmula exitosa, que según se viene viendo hasta ahora, parece ser a prueba de balas.

En medio de esta peligrosa y enajenada maniobra de carácter personal, la de parar autos en medio de la autopista para alcanzar su propio objetivo, (maniobra que, como todos sabemos, siempre que la lleva a cabo un ciudadano estadounidense “o amerruikano” está justificada porque siempre es en pos de salvar el mundo y, por lo tanto, no se cuenta como delito o como un hecho criminal, y jamás parece violar ningún tipo de contravención, pues ni siquiera está mal visto), decíamos, McClane intenta como un loco parar los autos y los que pueden lo esquivan, pero finalmente hay una camioneta que no puede y lo enviste fuertemente, llevándoselo puesto y arrojándolo después a varios metros del impacto, para dejarlo tirado en medio de la  calle culo pa´ arriba. Porque como todos los héroes modernos no se queda ni con un rasguño en el codo, y se levanta al instante como si se hubiera simplemente tropezado con una baldosa suelta.

Y es aquí donde comienza la verdadera acción que vimos en el video, la acción del protagonista que nos interesa a nosotros. Cuando el conductor baja de la camioneta visiblemente ofuscado -y con razón- y se dirige a toda prisa hacia el tipo que atropelló sin querer, ´Bruce Willis (McClane) se levanta de la acera, se sacude el polvo de las ropas y, cuando está cara a cara con el conductor y éste lo increpa por la maniobra criminal que acaba de  realizar –conductor que, oh casualidad, habla ruso o ucraniano o vaya a saber qué idioma habla el tipo-, sin mediar palabra alguna y de una manera vil y traicionera (que nada tiene que ver con el clásico estilo del héroe de antes, que esperaba a que el otro pegue primero para poder accionar después en defensa propia), le propina un sorpresivo y espectacular zurdazo en la cara, que lo noquea instantáneamente. Entonces le dice, -le grita mejor dicho-, en un tono burlón y de una forma muy fanfarrona, camino ya a la camioneta que irá a robarle descara e impunemente, “¿Acaso pensaste que entendí algo de lo que dijiste?” Y se sube a la camioneta del ruso y se la lleva como si fuera de él, no sin antes despedirse sarcásticamente del tipo con un taquigráfico: “No pasó nada. Estoy bien. Gracias.”

Y aquí es donde comienza para el protagonista la alocada escena de persecución. Nuestro lunático McClane conduce por las congestionadas calles de Moscú como si estuviera endemoniado. El tema es que él está cruzando un puente y cuando ve que ese bólido con forma de tanque que quiere alcanzar se le escapa por la autopista, se desquicia por completo y, en una arrebato de intolerancia al embotellamiento, clava los frenos allí donde está, pone reversa en medio del puente, quedando con la trompa enfrentada al guarda rail, y al grito de “¡Salgan de mi camino!” salta del puente para caer sobre un acoplado y pasar por encima de los autos que estaban detenidos allí. Una mujer grita aterrada en medio de las abolladuras y explosiones de vidrio, pero nuestro inconmovible y chiflado héroe de acero solo atina a disculparse con un irónico “Sorry man”.

Y preguntamos, cómo no quieren que haya violencia, saqueos y crímenes en el mundo de hoy, tal vez como nunca se ha visto antes, si todo lo que vemos en las películas del nuevo cine de acción está basado la trasgresión de la ley, y principalmente en el odio, la agresión y la falta de respeto al semejante. Este tipo de conducta agresiva, soberbia y avasallante que vemos ahora en los héroes del celuloide, como el que citamos aquí, parece brindar en los espectadores de todas partes del globo una nueva y morbosa forma de goce escópico, basado en la contemplación de la violencia, llamada ingenuamente “entretenimiento”. Pero no se trata simplemente de regocijarse en la contemplación de la violencia o de hechos delictivos y criminales que realizan nuestros insanos héroes cinematográficos, lo que está en juego aquí es la imitación de este tipo de conductas.

Si estos héroes de películas que deberían servir para construir en el imaginario de los espectadores un modelo de personas y de conductas, medianamente civilizadas, terminan siendo un referente para-no-seguir, no podemos esperar que el grueso de la gente no termine aprehendiendo  lo que ellos se matan por mostrar: la supervivencia del más fuerte.  Por algo el filme se llama “La jungla”, donde reinan los más temerarios y los más… “valientes”.

Si los que deben dar el ejemplo pagan siempre golpe con golpe y se comportan como si fueran psicópatas en lugar de mostrarse como verdaderos campeones de la vida (porque antes de triunfar sobre el otro deberían vencerse a sí mismos), no podemos esperar que la gente que los mira no se identifique con este perturbado modo de pensar y de accionar, y termine copiándolos y queriendo ser como son ellos. Cuando vemos este tipo de escenas, por ejemplo, no nos queda claro quiénes son “los buenos” y quiénes son “los malos”. Hemos llegado a un momento en que los héroes de hoy llevan en el semblante un aire de villano, haciéndonos recordar el nombre de aquella vieja película italiana, “Feos, sucios y malvados”. Estos son los nuevos ídolos que fabrica Hollywood. Y gracias a estos mismos ídolos el hombre está conociendo al lobo que lleva dentro; pues el triunfo de esta parte más oscura del hombre es la que está llevando al mundo a la insensatez y la barbarie. Cada vez media menos la palabra entre las personas, y cada vez son más los problemas que se resuelven con las balas y los puños. Y esto es lo que nos vuelve primitivos, lo que nos emparenta con los animales, lo nos lleva de la civilización a la barbarie.

Pero esta película pasatista de Bruce Willis es apenas una pequeña muestra de todas las películas y sagas comerciales de Bruce Willis, y la punta del iceberg de las miles y miles de películas de acción que protagonizan semana tras semana los nuevos Bruce Willis del género. Héroes jóvenes y desconocidos, con el mismo semblante impertérrito, inexpresivo e inconmovible que tan bien han aprehendido de sus mayores, como Stallone, Schwarzenegger, Steven Seagal, Van Dame, Chuck Norris o el mismo Willis. Todos brabucones, todos apáticos y mecanizados, manejándose ante las leyes y las sagradas enmiendas con la impunidad de un delincuente. Todos corpulentos, diestros y multifacéticos. Todos igualmente infalibles e igualmente implacables e igualmente suertudos. Más parecidos a superhombres inmorales que a hombres valerosos. Dotados para combatir al mismo tiempo contra diez enemigos aguerridos y salir victoriosos a la cuenta de tres. Todos previsibles y aburridos. Todos copiándose a sí mismos y copiándose de todos todo el tiempo.

Porque es con este mismo vacío de humanidad en la personalidad estúpida y sanguinaria del protagonista que el Hollywood de hoy fabrica el retrato de los nuevos gigantes de la pantalla grande, haciéndolos ver como si fueran propiamente “los malos” de la película. La conducta de estos patéticos héroes de hoy, decimos, es imitada por millones de niños y adolescentes que buscan tener un referente y un modelo en la vida, un ejemplo a seguir, un ideal al que identificarse y se topan en la pantalla con películas como estas, donde decididamente la violencia y la impunidad del protagonista sale con fritas, porque este es el nuevo gusto del pópulos en los tiempos que corren. Sin contar los que van al cine a comer palomitas y beber coca cola, y sin contar, por supuesto,  “las de terror”, donde el espectador anonadado condimenta su hot dog con la sangre que salpica de los cuerpos desmembrados.

Todo esto lleva a La jungla: un buen día para morir a convertirse en una franquicia donde el espectador se agota de ver una larguísima, absurda y mareante persecución por las calles de Moscú, donde los autos vuelan por los aires al más mínimo contacto, donde no hay más que ver a un desgastado y desabrido Bruce Willis encarnando, por trigésima vez, el anodino papel de paladín de la justicia, -que casi siempre suele estar al borde de ser una justicia por mano propia-. Donde un repetido McClane bromea consigo mismo y con su hijo (que es un reflejo mejorado de él mismo, interpretado por un actor sin química ni felling), cada vez que encuentra un respiro para relajarse y deleitarse con sus típicos sarcasmos, diseminando por todo el film remates, supuestamente graciosos, (la mayor de las veces sobre las vacaciones y la paternidad hasta el agotamiento), que, como suele ocurrir en estos casos, en este tipo de sagas, solo ellos -los “amerruikanos”-, pueden comprender.  

La jungla: un buen día para morir (¿la saga?), no sería mala idea. El metraje está fabricado con un pésimo guión, con escenas oscuras, falta de intriga, con un final muy soso y una irritante cámara que no para de moverse (seguramente por un camarógrafo con Parkinson).  Entre bostezo y bostezo vemos a un héroe de sesenta años, de media sonrisa, al que le falta sangre en la camiseta para ser más creíble o estar al borde de la muerte (como ha estado en las películas anteriores).

Una perlita: la ambulancia llega al final de la película, como pasa siempre. Pero esta vez solo para que McClane suba voluntariamente, fresco como una lechuga. Será más bien para hacerse un chequeo rutina, ¿no les parece?

HUGO CUCCARESE

sábado, 8 de noviembre de 2014

EL DÍA QUE EL AGUA TAPÓ AL GOBERNADOR

“Ahora dices que estás solo, que lloras toda la noche.
Bueno, puedes llorarme un río. Llórame un río.
Yo he llorado un río por ti.”…
Cry Me A River
(ELLA FITZGERALD)
Canción

El cuatro de noviembre, coincidentemente con el día que la ciudad quedó anegada bajo el temporal que azotó Buenos Aires, el Gobernador de  la Provincia cometió un pequeño e insignificante error que, al intentar disimular, podría convertirse en el error de su vida. ¿Será esto una exageración de nuestra parte? Nadie lo sabe. (Pero según parece la oposición ya ha aprovechado el polémico suceso para pedirle el juicio político por incumplimiento de los deberes de funcionario público).


L
o cierto  de este asunto es que si Scioli se empecina en utilizar el desliz que se vio en el video que explotó en las redes sociales durante el temporal que dejó a más de 5000 evacuados en la Provincia para atacar tonta y locamente a Sergio Massa, el precandidato a presidente del Frente Renovador, y pretender con ello obtener un rédito político para posicionarse de cara a las presidenciales el año próximo, sí podría poner en riesgo su credibilidad ante la gente.

Parece que otra vez el agua vuelve a tapar a Scioli. Pero esta vez, metafóricamente. No como en aquél fatídico accidente que tuvo  durante la carrera mundial de Off Shore en la costanera de Buenos Aires (1989) en el que perdió el brazo derecho y se salvó de milagro. ¿Se salvará esta vez también? Nadie lo sabe.

¿Qué pasó ahora? Bueno, según lo afirma el propio Scioli, alguien de la oposición le hizo una mala jugada con la expresa intención de destruir su imagen pública: le mandaron a alguien especialmente para escracharlo vestido con ropas deportivas durante un partido de “futsal”, en la que se lo ve más preocupado por la situación de gol de su equipo que por los inundados que estaban esperando los colchones, los pañales y la leche en polvo para su familia.
 
El desliz que cometió el mandatario provincial el día de la inundación fue un detalle, que no fue menor. Infortunadamente estuvo 30 minutos en el lugar equivocado. Es evidente que ese día a Scioli lo pudo su pasión por el deporte. Él mismo lo confesó públicamente: “Pasé a saludar. Porque era un campeonato que había una expectativa, que juegan distintas provincias, y a mí el deporte me hace bien a mi salud”.

Lo traicionó su amor al deporte, decimos, que en su caso particular, por el accidente que tuvo aquella vez con la lancha, representa el amor a la competencia, el amor por ganar, por obtener el título, es decir: el amor a sí mismo. Fue breve, tonta, impensada, pero decididamente obscena la escena que anegó ese día todas las pantallas y canales de televisión. Sin tino, sin tomar conciencia de la situación, o tal vez sin preocuparse demasiado del impacto que podía tener para aquellos que todavía estaban en ese momento sufriendo las inclemencias del temporal, el gobernador Scioli fue filmado con ropa deportiva, nada menos que cuando la gente estaba tapada por el agua. De verdad. ¡Qué lapsus más infortunado!

El gobernador se defiende del polémico video diciendo que pasó a saludar a la gente de Rosario, que se disculpó por no poder jugar el partido, y que se sacó una foto de recuerdo y se volvió directo para La Plata.  Y sorprende que de inmediato diga: “Si algunos están nerviosos porque no le están saliendo bien las cosas como pensaban que le iban a ir… (expresión que demuestra su completa alienación al discurso del padre -que es Néstor- cuando soltaba su famoso “estás nervioso, Clarín”) y dicen que son la renovación, que son el cambio, que son el futuro, que son los que hacen a la nueva política de no agresión, y se la pasan haciendo estas cosas… desde el primer momento de la tragedia, se la pasaron hablando de las obras que habían hecho, acusando a todo el mundo, sin admitir sus propias responsabilidades”.

¿Será que él sí puede diferenciarse de Massa y admitir en esto su propia responsabilidad? O ¿Será que el pez por la boca muere? –Digo, por expresarlo de algún modo-.  Scioli dice que se quedó en la cancha de futbol nada más que 30 minutos, y les jura a todos que “no jugó ni un minuto el partido”. Él dice que si se hubiese quedado allí una o dos horas, entonces sí hubiese sido otro cantar, pero según él, como fue apenas media horita nada más, no considera que sea tan importante como para que la oposición lo acuse de no preocuparse por la gente y no estar en el lugar donde más se lo necesita, como si eso pudiera cambiar algo la situación de su desubicación.

Repetimos, Scioli estuvo unos  minutos en el lugar equivocado. Pero su ego lo lleva a defender torpemente ese lapso de tiempo que le dedicó a estar presente en el lugar donde se encuentra a sí mismo, arremetiendo, fría y desconsideradamente: “Todos saben que el deporte forma parte de mi vida. Ojalá, hubiese podido hoy hacer una hora cuarenta minutos de deporte, como hago día por medio, no lo pude hacer, porque no estaba con la cabeza…”

Vale aclarar aquí que no ponemos en cuestionamiento los esfuerzos que hace y que seguramente ha hecho Scioli a lo largo de su vida política por intentar  resolver problemas de la gente. El hecho es que el señor gobernador nunca debió estar en ese country de Pilar para desestresarse. No debió estar ni un solo minuto en ese lugar de recreación personal, jugando -o mirando siquiera- un partido de fútbol mientras distintas zonas de la Provincia sufría inundaciones.


A Scioli lo traicionó su pasión por el deporte, decimos, y no sin razón. Por eso no pudo evitar (ni siquiera ese día) “pasar a saludar” a los pibes que jugaban el campeonato.  La gente que tenía el agua hasta la mitad de la casa necesitaba que el gobernador –ese mismo día-  pudiera olvidarse  –y solamente por ese día- de sí mismo y de ese amor incondicional que siente por el deporte, para entregarse a ellos en forma íntegra y total, como la situación lo requería. Pero en lugar de eso, va y le dice a un periodista: ¿A vos te parece mal que pase a saludar, -media hora-, en medio de una jornada que fue para mí dramática, por las dificultades que tuve en la vida? Escuchar esto es lo que más entristece. ¿Por qué salir con los botines de punta y a defender lo indefendible? Por eso decimos: Gobernador; mientras usted estaba viendo el partido lo que estaba en juego era la vida de la gente. Por eso no  se puede sostener esta posición frente a  las personas que estaban con el agua hasta el pecho, sin luz y sin alimentos. No se puede. Humanamente, éticamente, sencillamente, ¡no se puede!


Para aquellos que como yo tuvimos la suerte de no sufrir el desastre que causaron las lluvias torrenciales, ver a Scioli dedicando media hora de su tiempo a realizar esta actividad tan placentera que encuentra en el deporte, cuando seguramente se ha dedicado muchos años a trabajar para la gente de una forma sincera y abnegada, es algo menor, insignificante, (insisto, para  los que no sufrimos el problema), pero para la gente que sí vivió en carne viva la sudestada, necesitaba que el gobernador -ese día y sólo por ese día- se olvidara por completo de sí mismo y de sus pequeños placeres, y dedicara de lleno a estar con la gente que sufría el drama de la inundación. Si bien es cierto que 30 minutos parecen no ser nada -como él alega-,  en el contexto de la tragedia, y para la gente que tenía el agua en el cuello, ¡30 minutos es suficiente tiempo para que el agua le tape  la cabeza! ¡Y se muera! Esta es la insensibilidad que muestran nuestros políticos y que a veces arrecia como la furia de las nuevas lluvias.

Miren si hablamos de pasión, -y supongo que esto es lo que más indigna-, que en el programa de televisión Intratables, Scioli se pasó exactamente media hora defendiendo esos 30 minutos que se dedicó a sí mismo, justamente el día en que tenía que dedicarse  a estar las veinticuatro horas con la gente que perdía su casa y todas sus cosas.

Porque nunca se vio algo así: un Scioli desconocidamente apasionado, enérgico, febril, argumentando a viva voz, en un programa de televisión y con inusual verborragia, que le brindó  el insignificante uno por ciento de su tiempo a cumplir con lo que le hace bien a su salud, y el noventa y nueve por ciento a intentar resolver los problemas de los damnificados; pero hay que entender que hay gente que perdió el noventa y nueve coma nueve por ciento de su casa y de sus cosas, y que le pedía  al señor gobernador que destine para ellos ese mismo insignificante uno por ciento de su tiempo -que tanto se desespera en defender-, para  llevarle ropa y alimentos, o simplemente, para dar la cara y mirarlos a los ojos. Lo que la gente le reprocha a Scioli es que haya decidido utilizar (en el momento exacto en que la gente la estaba pasando mal) ese uno por ciento de su tiempo para hacer lo que a él le hace bien; eso que, justamente, no puede dejar de lado ni siquiera un minuto. –Bueno, 30 minutos-.   

De todas formas, creemos que siempre es mejor reconocer un error de 30 minutos –y en un minuto- que defenderlo toda su vida, y con esa misma irrefrenable pasión con la que se entrega a las actividades deportivas.  Los mismos periodistas contaban que jamás habían visto a Scioli defenderse a sí mismo con tanta vehemencia: ni cuando lo martirizaba Néstor ni cuando lo ninguneaba la misma presidenta. Jamás se había visto el Talón de Aquiles del gobernador tan púbicamente expuesto y brillando –tristemente- con tanta nitidez.

Desgraciadamente, el gobernador Scioli  no  utilizó esa media hora que estuvo hablando en televisión para reconocer este desafortunado  gesto de ponerse “los cortos” para estar un ratito con los pibes. Por el contrario, Scioli utilizó precisamente ese mismo tiempo para defenderlo a brazo partido y culpar al massismo de “organizarle una burda operación política”, según parece, con la expresa y maliciosa intención de desprestigiarlo. ¡Buuhhhhh!

Para colmo, para mal de males, dice que él ya lo sabía porque le habían avisado. Le dijeron que la gente de  Massa le iba a mandar  un  tipo para tomar imágenes y subirlas a las redes sociales, y él, desafiando esta emboscada política, redobló la apuesta y se mandó igual. Su idea –según expresa- era desenmascararlo a Massa y mostrarle a la gente la vileza de esta  maniobra política de la que estaba siendo objeto. El problema es que en lugar de reconocer su equivocación y disculparse, él defiende su postura neciamente, y a ultranza, cuando sería mucho más beneficioso y redituable para él, para subsanar su error, si se hiciera cargo de lo que hizo sin echarle la culpa a nadie. Y menos a su principal opositor.

Si en lugar de defender su pequeño goce por el deporte Scioli se hubiera manejado de otra manera, tal vez utilizando su discurso inteligente y estratégicamente, como tan bien supo hacerlo desde que se inició en la política, y hubiera dicho, por ejemplo, algo así como: Perdón, no me di cuenta, no pensé que podía ser tan grave. Mi intención era solamente  desenchufarme un rato del problema.  Lo reconozco. Fue un error. Una ingenuidad de mi parte creer que podía despejar mi mente mirando unos minutos para otro lado. Una respuesta más o menos como esta sin duda hubiera descomprimido la situación rápidamente y minimizado el problema.    

Si hubiera reconocido su error diciendo algo así (error que negó rotundamente  por calificarlo de insignificante), no lo hubiera alcanzado la crecida del río y tapado como le ocurrió a la gente de Luján. Hasta un periodista del panel de Intratables se lo dijo, y muy cortésmente: “El hecho de estar vestido como jugador de fútbol, Daniel, es un gesto que por ahí a mucha gente, en un día muy sensible,  por más que haya jugado o no, le molesta. Por ahí es… un error.” Y él a esto responde, otra vez, con los botines de punta: “Yo no jugué el partido ni un minuto. Pude haber estado media hora. Nosotros no andamos revoleando culpas”.

En este punto, mejor le valdría a Scioli recordar lo que vivió momentos después del accidente que tuvo con la lancha, cuando dijo en Radio 10 al negro Oro: “Estaba desangrándome en el río Paraná y con un futuro de incertidumbre. Mire que coincidencia: si en ese momento no reconocía y negaba mi problema, no hubiera salido adelante”.  Y repetimos: ¿será que el pez muere por la boca? ¿O pensará Scioli realmente que las más de 1.500 personas evacuadas que no pueden volver a sus casas están tan atiborradas de problemas que no pueden  oler la basura que sus dirigentes tratan de esconder debajo de la puerta de sus opositores? El viejo Heráclito diría de él: “No puede sumergirse dos veces en el mismo río”.

Ya con los ojos rotos de ver a la gente llorar un río, apenas puedo imaginar la escena si fuera yo el que tuviera que pasar por eso y hundirme en esas lágrimas. Supongo que cuando uno está perdiendo su casa bajo el agua debe contar los minutos que pasan como si fueran los últimos latidos de su corazón. Y entiendo que  los inundados, al borde del colapso, le estaban demandando al gobernador (y como una verdadera demanda de amor) que les diera TODO, todo lo que un político en su posición debe  darle a la gente que, de un día para el otro, se encuentra que nada en la nada. Eso es todo lo que los damnificados le pedían a Scioli: Su tiempo. Pero TODO su tiempo.  

Si los vecinos estaban perdiendo su casa y todas sus pertenencias más preciadas, ¿cómo es que el gobernador de la provincia no puede perder 30 minutos de su valioso tiempo?  Es evidente que su satisfacción personal está por encima de las necesidades de la gente. Y esto, para los afectados, se traduce en una sola expresión: “Primero pensó en él y después en los demás”.



Los tiempos cambian, -y cambian, literalmente-. Gracias a la inédita magnitud que ha alcanzado esta sudestada, muchos barrios quedaron bajo el agua, destruyendo gran parte de los hogares y de la vida de muchas personas que viven en lugares que son fácilmente inundables. Claro que esto no ocurriría si el Estado hiciera una planificación estratégica preventiva, como corresponde, y se utilizaran los recursos económicos en beneficio de los que más lo necesitan y no de los que manipulan esas transacciones haciendo negocios para sus propios bolsillos. Pero la contracara de este gravísimo problema que sufren muchos argentinos es que los políticos que deberían hacer de su trabajo un apostolado, una vocación, una entrega incondicional, nunca están ahí al pie del cañón, donde la gente más desprotegida se halla abandonada, aunque no sea más que para sentirlos cerca, como cuando los niños necesitan de la presencia y el calor de sus padres; aunque no puedan resolverles el problema de inmediato, pero ellos, anegados por sus propias ansias de poder, no ven lo importante que es para esa gente que estén allí, con ellos, dando la cara,  poniéndole el hombro al desastre y poniéndose el piloto y las botas (en lugar de la ropa deportiva) para estar a tono con la situación, mimetizado y comprometido profundamente con el drama de los vecinos. Solo así podrían obtener la credibilidad que esperan encontrar en la acuosa vacuidad de sus discursos.

El gobernador bonaerense cometió un pequeño error durante 30 minutos, y como si esto fuera poco, estuvo ese mismo tiempo defendiendo desbocadamente ese mismo error,  transformando lo que podría haber sido simplemente un pequeño error, en un gran error. Eso ocurre cuando nos tocan el goce que no estamos dispuestos a ceder. Ese que nos termina embarrando hasta el cuello, como le ocurrió a Scioli el día de la inundación, y lo terminó hundiendo en las pantanosas arenas de la habladuría, o mejor dicho, de la “politiquería” (política de porquería).  Ya ven. Y todo por sostener sus dorados e intocables 30 minutos de narcisismo.

Y todo parece ocurrir por esa sucia y vil campaña política que utilizan la mayoría de nuestros destacados dirigentes para defenderse y para atacarse entre ellos mismos, como si fueran hienas carroñeras que matan o mueren en la oscuridad de su cegata ambición, solamente para engrandecer sus arcas políticas con un voto más, muchas veces, pagando un precio muy alto, o hundiéndose solo, (como en este caso). Porque en vez de cubrir las necesidades de la gente que más los necesita, no las cubren, las tapan. Las tapan como las tapó el agua. Y las tapan con una insensible capa de indiferencia que dura, en algunos de ellos, más o menos, aproximadamente, unos 30 minutos.

Por eso, por todo eso;  rememorando la letra de esa bella e inolvidable canción de Ella Fitzgerald, la reina de las reinas, podría decirle al señor gobernador, y en nombre de todos los que lloraron un río:

“Y ahora dices que me amas...
Bueno, sólo para probar que es verdad.
¡Vamos! Llórame un río.
¡Llórame un río!
Nosotros… hemos llorado un río por ti.”

HUGO CUCCARESE

sábado, 9 de agosto de 2014

ASÍ HABLA NIETZSCHE

SI BIEN ES ALGO QUE NO HA SIDO EXTENSAMENTE DIFUNDIDO, SON POCOS LOS QUE SABEN QUE EL HOMBRE QUE INMORTALIZÓ AQUELLA FAMOSA  OBRA “ASÍ HABLA ZARATUSTRA”, Y QUE, POR CIERTO, HICIERA MEMORABLE AQUELLA ESCANDALOSA PRONUNCIACIÓN DE “DIOS HA MUERTO”, EXCLAMARA, PARADÓJICAMENTE, MUY POCO ANTES DE VOLVERSE LOCO: “YO SOY DIOS”.

Por alguna razón, la frase tal vez más lúcida de Nietzsche no fue dicha antes de que llegara a enloquecer, sino que fue la frase con la que -a todas luces-  inauguró su entrada en la locura. De allí que creamos que la profundización que hizo el filósofo alemán sobre la muerte de Dios terminó, contrariamente y muy lejos de lo que él mismo creemos que esperaba, alienándolo  a Dios. Por eso decimos que: la misma crítica que hizo desaparecer a Dios lo hizo desaparecer a él.

Pero veamos, pues, porqué  decimos esto sobe uno de los postulados tal vez más paradigmáticos de Nietzsche.



A simple vista, lo primero que podemos ver aquí es que si primero se postula “Dios ha muerto” y luego “Yo soy Dios”, entonces, Dios no ha muerto, sino que está vivo y latiendo fantasmáticamente en el corazón de quien lo dice. A simple vista y en forma muy superficial, lo primero que uno podría pensar es que él mismo terminó finalmente refutando su propia postulación, sin embargo, esta delirante declaración de “Yo soy Dios” en el discurso de Nietzsche no significa que “Dios” no haya muerto ni que su “Yo” no sea un hombre. Como lo hace cualquier buen neurótico, el  “Yo soy Dios” del  pensador alemán es la misma nada de existencia en la que terminó diluyendo su ser, (por eso escribimos “Yo” con mayúscula, para empardar el ego del filósofo con el del Padre, que ha asesinado); y especialmente para tomar su lugar con este giro dialéctico y estar a la altura del mismo Dios, que ya no vive más que en la complejidad del alma -religiosa- de su discurso filosófico.

Tal vez si le damos un giro a esta dialéctica de “él ha muerto y yo soy él” podamos nosotros también participar de la construcción de una frase que, si bien nunca dijo -y que a partir de ella seguramente podría no haber dejado de repetir jamás, y quizás hasta en silencio y con voz de ultratumba-, podría haberla dicho perfectamente. La frase es: “Yo, Nietzsche, ha muerto”.  Entonces sí podríamos redondear aquí, con esta nueva síntesis de su postulación, una singular forma de postularse a sí mismo, por medio de la identificación al padre muerto, muerto en la palabra que lo condena a no morir, (aun habiendo muerto ya) de decirse a sí mismo, para encontrar la propia eternización en ella, y poder hacer al mismo tiempo carne el verbo: “Yo, ha muerto”. Otra forma de decir: “Yo, he muerto”.

Ahora bien, si nos adentramos en la metáfora bíblica y seguimos el ritmo de su visualización, podemos decir que, al morir, cuando la carne ha desaparecido junto con la piel y el verbo se ha enraizado en los huesos, el alma humana se eleva como un pájaro etéreo para agitar sus poderosas alas, en sueños, en un desesperado intento por espantar... pero, ¿espantar qué cosa? Espantar lo único que verdaderamente puede espantar al hombre más valiente de la tierra: ¡la nada!

Hasta él mismo lo dice en Así habla Zaratustra, en la segunda parte Del país de la Ilustración. Allí se atreve a reconocer quién es él, en realidad, según la concepción poética-delirante que él mismo ha realizado literariamente de su propio ser:

“...quién os quitase los velos y... y colores y ademanes se quedaría con lo justo para espantar los pájaros. Yo mismo soy el pájaro espantado que os vio desnudos y sin color; y huí volando al hacerme el esqueleto sueño de amor...”.

Aquí sí que recobra peso esa expresión popular “Se le han volado los pájaros”, en la que se describe a aquel que, espantado por la misma nada existencial ha encontrado refugio en la locura, porque él mismo se ha convertido en uno de ellos (en un pájaro), como afirma Nietzsche; en un pájaro espantado.

A pesar del aparente desinterés que decía tener Le Benard[1] con relación a la política, de vez en cuando gustaba parafrasear a Stalin con aquello de que “De la muerte y del ridículo no se vuelve”.  Con la sentencia del dictador ruso, el pensador francés alardeaba de que había sido el primero en poder descubrir lo que para él era el único error en la concepción nietzscheana de la vida circular, con respecto a su postulación sobre el “eterno retorno”. Esto  venía a significar que, tanto Stalin como Le Benard, creían que la muerte y el ridículo eran –o al menos parecían ser- dos lugares de los que jamás nadie había podido “retornar”. Seguramente, tanto Stalin como Le Benard olvidaron la existencia de un tercer lugar en su postulación filosófica del que, ni siquiera el mismo Nietzsche, -o el propio Le Benard-, sería capaz de regresar, y eso fue: la locura humana.

                                                                      Hugo Cuccarese


[1] En este mismo blog encontrarás la dirección de la página oficial de RIO ALBA donde podrás linquear un lugar destinado a la figura del genial y siempre controvertido filólogo francés, Jean Le Benard, que he diseñado especialmente para compartir contigo.


Superhijitus, ¡qué grande!

sábado, 2 de agosto de 2014

EL DÍA QUE ME SALIÓ TODO AL REVÉS

Inspirada en dos líneas de la exitosa y polémica novela del escritor estadounidense J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951). Aquel escritor “de talento infinito”, como lo definió alguna vez Ernest Hemingway tras conocerle en París durante la Segunda Guerra Mundial, años antes de que publicara su obra magna.

Cuando perder es ganar

“...Me acuerdo de aquella tarde, a las tres en punto, yo estaba parado en la punta de la colina Thomsen, justo al lado de aquel ridículo cañón de la guerra de la independencia y todo”, cuando me di vuelta y me encontré con un amigo de Agerstown que me invitó a ir al cine. Lo importante no era la película –les comento-, sino el hecho de que íbamos a ir acompañados.

De entrada no comprendí muy bien el motivo de la invitación de mi amigo porque, como les decía, él sabía perfectamente que yo odiaba el cine y que no iba a ir con él ni con nadie bajo ninguna condición. Pero tan luego como apareció a saludarme una de las chicas que lo acompañaban -y que vendrían con nosotros- decidí allí mismo cambiar de opinión. Y sí, vieron, lo reconozco; si el precio por pasar una tarde en penumbras, sentado junto a un bombón como esa hermosa rubia de carita blanca y ojitos candorosos era encerrarme en un mugroso cine y ver una tonta película romántica, entonces… había que pagar el precio. 

Yo no lo sabía, pero aquél día iba a llevarme la sorpresa de mi vida. Yo tenía otra expectativa respecto de lo que esperaba encontrar si decidía salir con los chicos, -pero no estoy hablando de la película, por supuesto-, estoy hablando especialmente de la compañera de mi amigo.

Como les iba diciendo, cuando salimos del cine ya había anochecido, por lo que me despedí de los chicos y me fui a derecho a casa, ya que al otro día tenía un asunto muy importante que resolver. Hubiera querido quedarme un poco más de tiempo con ellos –especialmente con ella-, y más aún, después de haber pasado a su lado unos momentos tan deliciosos. Y no exagero para nada: fueron los momentos más deliciosos de toda mi vida.

Qué puedo decirles, la chica era un encanto, una preciosura de persona. Quedé extasiado nomás desde el primer momento en que la vi. Nunca en mi vida había sentido algo tan fuerte por una persona que recién conocía. Por mi parte, no creo que haya logrado impactarla demasiado. En aquel momento yo era muy tímido y los nervios solían traicionarme a cada rato. Por supuesto que traté de ser lo más simpático que pude, pero así y todo creo que terminé haciendo el ridículo en más de una vez. Creo que ella notó el esfuerzo que yo hacía por tratar de ser agradable y tener una conversación interesante, lo que no sé es si esa tonta estrategia terminó jugándome en contra o a favor. Yo creo que ni sumé ni resté; que en todo caso terminé empatando, tristemente, lo que significa que se aburrió  de mí y que ya nunca más querría salir conmigo.   

Al día siguiente, al levantarme por la mañana con un cielo maravilloso, ya me había despertado con las ganas de invitarla a pasear. Para qué negarlo: estaba ansioso por volverla a ver. Pero justo en ese momento recordé que aquél día, por la tarde, tenía algo muy importante que hacer: tenía que jugar el partido de mi vida. Entonces me relajé, y me quedé durmiendo en la cama un par de horas más. Más tarde, cuando me levanté con renovadas fuerzas, comí algo frugal y me di una ducha rápida. Luego me preparé el bolso, con la ropa y los botines para el juego, y salí de casa –lo confieso- un tanto desganado, en dirección al Estadio de fútbol donde tendría lugar la tan esperada Final.

Les cuento que el partido comenzó a  desarrollarse como de costumbre; eso quiere decir que empezamos perdiendo. Pusimos toda la garra que teníamos en nuestras manos, pero el equipo contrario demostraba a cada paso ser superior a nosotros. Cuando llegó el entretiempo, en vez de ir con el equipo a la charla técnica me quedé parado allí, un rato más, contemplando a las porristas de Saxon Hall que entraron en el campo, radiantes y animadas. De pronto –y por eso les digo que me llevé la sorpresa de mi vida-, descubrí sin querer que una de las chicas porristas era, justamente, la compañera de mi amigo; esa chica tan dulce y llena de vida con la que había ido al cine el día anterior. A partir de ese momento, algo sucedió dentro de mí que me hizo perder la cabeza.  

Ahora bien, para cuando entramos en el segundo tiempo yo ya no era el mismo de antes. Ahora había perdido la noción del tiempo y mi atención se desviaba intermitentemente en dirección hacia donde estaba ella, el bombón de rubios cabellos que me había deslumbrado con su charla y sus ojos encantadores. Para entonces, yo jugaba desganado, corría y me esmeraba como de costumbre, pero ya nada me importaba, -lo confieso-: era como si el partido ya hubiera pasado a un segundo plano.  

Indudablemente, este segundo tiempo fue más reñido que el primero. Pero de todas formas jugamos mejor que ellos. Por ventura fuimos favorecidos con varias asistencias, entre las que tuve la suerte de participar. Si bien veníamos perdiendo, remontamos milagrosamente en los últimos minutos y, cuando quisimos acordar, antes de que faltaran cuatro minutos para terminar el partido, ya habíamos empatado.

De pronto, todo el juego recobró sentido para mí y se volvió más excitante que nunca. Un hado venturoso estaba flotando sobre el césped y oscilando indiferentemente para cualquiera de los dos equipos. En un momento hubo un foud a favor de nuestro equipo, y mientras los contrarios discutían la jugada yo me descubrí que tenía los ojos puestos en mi nueva amiga, que, para colmo, ahora  estaba sentada en una de las tribunas siguiendo, con apasionada efusividad, los inciertos vaivenes del partido.

Si me preguntan qué me pasó en ese momento, probablemente no les pueda decir demasiado, pues sólo tenía ojos para verla a ella. Solo les puedo afirmar que nunca me había ocurrido una cosa así. Ahora, pensándolo a la distancia, no lo describiría como algo increíble; lo describiría como algo inconcebible: faltaban dos minutos para terminar el partido y yo sentía que lo más importante era seguirla con la mirada, como lo hice  la primera vez que clavé mis ojos en su blanca carita de porcelana y mi corazón quedó instantáneamente flechado por su mirada.

De repente, todo enmudeció a mi alrededor. Y se me hizo la noche a las cinco de la tarde, con el sol todavía hirviéndome en las espaldas. Tuve entonces un horrible presentimiento, justo cuando empecé a marearme y a sudar en abundancia. Creo que fue la peor sensación de toda mi vida. Y para colmo ocurrió allí mismo, en el campo de futbol, jugándome, como les dije, La Final de mi vida. Fue un flash, lo recuerdo como si fuera hoy: repentinamente todos los ojos del Estadio estaban puestos en mí persona.

Con sinceridad les digo que no supe  lo que estaba sucediendo hasta que uno de mis compañeros del equipo me sacudió el hombro y me hizo señas para que patee. ¡Para que patee! ¿Comprenden lo que eso significa? Era el último minuto y el último penal del partido a favor de nosotros, y el encargado de anotar el tanto… ¡era yo! Nada peor que esto podía pasarme en la vida. Ahora lo recordaba todo, claro: ¡el lanzador oficial del equipo era yo! Les juro que por un momento me olvidé por completo, no solo del juego, sino de mi posición en el campo. Más aún, cuando la escena que contemplaba me tiró de bruces el ánimo a los pies.

No, decididamente no; no podía estar pasándome esto a mí. ¡Justo a mí! No podía estar en el Estadio la chica que había conocido el día anterior. Esa dulce y hermosa criatura que mi mente se negaba a apartar de mi corazón. Pero sí; estaba sentada allí. ¡Allí! ¡Justo allí! … ¡Pero en la tribuna contraria!

Fue tan brusco el cimbronazo que, un momento dado, hasta creí que estaba delirando. La chica que tanto me gustaba, la chica de mis sueños… ¡era simpatizante del equipo contrario! ¡Y para colmo me miraba! ¡Sí! ¡En ese preciso instante me miraba! Y me miraba con rabiosa y refulgente insistencia. Pero, claro; sin reconocerme. Me miraba… ¡y yo tenía que patear el tiro de mi vida! ¡Por Dios! ¿Qué iba hacer ahora? ¿Por qué tenía que ser la vida tan injusta conmigo? Les juro que en ese momento tuve ganas de desaparecer del campo. ¡Desaparecer de la vida!  

Y lo más bello es que me miraba con ternura. Me miraba con los ojitos  llenos de lágrimas, mientras se aferraba a un pañuelo y meneaba negativamente la cabeza en actitud de súplica. Ahora era mi oportunidad. Ahora era el tiro la vida.

Les juro que a partir de ese momento comenzó para mí una especie de cuenta regresiva: cada paso que daba hacia el balón parecía acércame más al borde de un maldito precipicio. Era como estar dentro de un sueño y caminar lentamente hacia el infierno. Caminar hacia la nada. Como si estuviera en lo alto del Cañón del Colorado y hubiera trepado hasta allí sólo para arrojarme al vacío y probar mi valentía.

La verdad es que cuando tuve el balón enfrente de mis pies no quise mirar hacia donde estaba ella, por miedo a que pudiera reconocerme, (aunque seguramente ya lo había hecho antes). Entonces respiré profundo, tomé coraje, corrí hacia el balón y pateé. Pateé con todas mis fuerzas. Pateé sin darme cuenta que pateaba mientras miraba inconscientemente hacia donde estaba ella, mirándome a su vez, sintiendo nada más que el golpe seco del botín contra el cuero del balón.

Cuando volví la mirada hacia el portero, decididamente no pude distinguir el destino de  mi tiro. Pero al mirar hacia ella y ver su blanca y distendida carita, con su insolente gesto de felicidad pegado a su sonrisa, noté de inmediato que todo el Estadio se hallaba congelado en una escandalosa mueca de estupefacción, hasta que, repentinamente, la tribuna de Saxon Hall se encendió, estallando en eufóricos gritos de victoria.

En realidad no sé muy bien qué sucedió. Para qué seguir contando: los insultos que llegaban desde las tribunas revelaban el desastre que había desatado involuntariamente con mi pie. Ni qué decir de las cosas que gritaban hacia mi persona los jugadores de mi propio equipo. Qué tristeza, Dios mío. Como vine a errar ese tiro... ¡Y pensar que era el tiro de mi vida!

Como les dije antes, este empate resultaba ser definitorio para entrar en el campeonato y pasar a las ligas mayores. Si hasta me cuesta reconocer el resultado: el título fue para los contrarios; nosotros caímos al descenso.

Para qué mentirles: en realidad, no sé bien si la falla de mi tiro fue producto de mi distracción o si hubo algo de intencionalidad -inconsciente- en el acto de patear, decidido y racional. Lo único que puedo decirles es que aún tengo presente la espantosa sensación de vergüenza y frustración que tuve al ver el balón colgado de una de las esquinas de las tribunas, y a los miles de fanáticos furiosos con el descenso de nuestro equipo, con sus miradas de repudio clavadas como flechas en el centro de mi pecho.

Si quieren saber que ocurrió con ella, les diré que estaba como en otro mundo: reía y saltaba loca de alegría. Ah… Pero qué hermoso fue verla reír así… Tan victoriosa… ¡Tan exultante! ¡Ahora sus lágrimas eran jubilosas! ¡Por Dios! ¡Qué feliz fui en ese momento! Verla abrazarse con amigas  y con amigos… Pero cuando se abrazó con el novio, y se besaron, todo mi ser volvió a derrumbarse de golpe y a romperse en veinte mil pedazos como si fuera un cristal de Bohemia.

De todas formas, pese a la derrota, solo puedo pensar en ella. Jamás la había visto brincar así de felicidad. Bueno, es verdad que recién la conocía y que apenas si habíamos pasado unas horas juntos nada más, y cruzado un par de palabras, pero les juro que para mí era como si la conociera de toda la vida. De pronto tomé conciencia y volví a despertar. Fue entonces que comprendí, casi como una súbita iluminación: no solo me miraba; ¡me había reconocido!

Qué decirles, amigos; para mí estaba petrificada, mirándome llena de pavor desde la tribuna como si no supiera qué hacer, o qué pensar. Nos quedamos así, mirándonos perdidamente entre la palpitante muchedumbre, por un tiempo interminable que no pude calcular. Como si no tuviéramos nada más importante que hacer en ese instante que mirarnos de ese modo, con esa intensidad. Les juro que me hubiese quedado en ese estado hipnótico mirándola toda la tarde, pero empecé a sentir en mi cabeza una lluvia de vasitos de cartón, y una oleada de rabia y mal humor por parte de mis propios amigos y compañeros, al punto tal, que tuve que bajar la mirada y salir corriendo de la cancha para que no me lincharan.

Confieso que me fui del Estadio totalmente avergonzado, como si hubiera cometido un crimen y estuviera escapando de la policía. Qué insensatez. Estaba muerto de miedo, y en un estado de profunda desesperación.  Fue extraño entonces y es extraño aun al recordarlo hoy, pero mis pies ya no tocaban el piso. No sabía bien si estaba muerto o si estaba vacío; si estaba en el aire o si estaba enamorado. Afortunadamente, lo que ocurrió después no tuvo parangón con lo anterior.

Les cuento esto porque ése fue el día en que creí morir crucificado, humillado y tristemente recordado para siempre; nada menos que por aquellos fanáticos y seguidores que tenía como jugador, y  a los hinchas que había ido a salvar del descenso, especialmente con mis dotes para patear el balón.  

Les cuento esto porque hoy, retrospectivamente, puedo entenderlo así: fue la primera vez en mi vida que decidí inmolarme por amor. Que decidí conscientemente cometer una locura. Si hasta se me pone la piel de gallina cada vez que lo rememoro. Fue apenas un instante; la vi  en la tribuna angustiada y cabizbaja, sufriendo a mares por un equipo que estaba a punto de perder y caer en el descenso… nada más que por mi culpa. Ahora que lo pienso creo que fue ése el punto de inflexión de esta historia. Sí, para qué negarlo: hubo un instante en que me sentí omnipotente. Dueño absoluto del amor de una mujer que recién había conocido. Y creo que fue cuando pensé que tenía el poder en mis manos –literalmente en mi pie- para transformar sus lágrimas en risas y bañar su alma de felicidad. Al menos un momento; al menos en mi fantasía. Decididamente fue esa certeza la que cambió el rumbo de toda mi vida. Yo supe en ese instante que podía penetrar e influir a voluntad en el ánimo de su bella y atribulada alma, y fue justamente este deseo interior lo que hizo desviar la trayectoria de mi tiro cuando pateé, para acertar –por fortuna- en otro blanco: su corazón.

Bueno, qué más quieren que les diga. Ya les conté cómo conquisté al amor de mi vida. A la mujer que ahora es la madre de mis hijos y con la que convivo desde hace ya más de treinta años. Lo que no sé si ya les dije es lo maravillosamente bien que me sentí después de haber pasado el peor trance de mi vida, en aquel bendito campo de juego, pues aunque no volví a jugar fútbol, jamás olvidé la hazaña de aquel día.

Es verdad que me gusta soñar despierto. Y también es verdad que a veces me amparo en mi propio mundo de fantasías para no golpearme con la realidad que nos toca vivir a diario, pero creo que hay una vez en la vida en que, por alguna razón, las cosas mal… salen bien. Y que el peor error de todos los errores posibles que podemos cometer puede ser –extrañamente- el acierto más contundente. Más afortunado.

Para qué mentirles, amigos, -y no exagero en absoluto-: lo peor que sucedió aquella tarde en el Estadio de fútbol ha sido, sin lugar a dudas, lo mejor que me pudo haber pasado en la vida.


Hugo Cuccarese


¿Dónde está la mano escondida de Max Bondi?

sábado, 26 de julio de 2014

DALÍ, ¿ES O NO ES DALÍ?


Lo primero que vemos desprenderse aquí, de esta paradójica afirmación, en este delirante desdoblamiento que hace de su propio nombre, es el reconocimiento de que “Dalí no es DALI”; de que “Dalí (el hombre, el artista) es un loco que se cree que es DALI (el grande, el genial, el inmortal)”.

 ¿Quién es Dalí?

Podemos comenzar el análisis de este dicho diciendo, justamente como diría Freud, que el primer Dalí representa el yo actual, y el segundo, el yo ideal.  Lo que Dalí hace con la construcción de esta frase es algo que bordea con gran sutilidad los límites del engaño y la mentira. Lo que quiero decir es que él disfruta muchísimo con la elaboración de estas veleidades, con los dobleces de estos decires de los que es, a un mismo tiempo, esclavo y señor, objeto y sujeto de su propia grandeza artística y espiritual.

Él es en el mismo ámbito de la creación artística el creador y el objeto creado. En esta dialéctica él es el que crea y el que se-crea, creando y re-creando-se a sí mismo, duplicándose todo el tiempo con la palabra que devora y se devora, como la serpiente Aurobora de los hindúes, que gira sobre sí misma para  hincar los dientes en su propia cola y tragarse a sí misma. En fin, él cree ser un Dalí que no es. Solamente por eso podríamos decir que está loco: porque está convencido de que es DALI, cuando en realidad es simplemente  Dalí[1].

Con la construcción de este decir Dalí (como sujeto de lo que dice y no sabe que dice y no sabe qué dice) queda totalmente elidido y alejado de sí mismo, del decir que lo atraviesa y constituye.  Porque entre Dalí y Dalí hay un abismo en el que, como si fueran costas de un ancho mar, flota alocadamente y a la deriva la idea de “creer ser lo que no es”; pero la verdadera locura no está allí, precisamente, sino en este giro identificatorio al significante de su propio nombre, con el que se nombra y se llama, como una forma de invocar al alter ego con el ego, en este “creer no–ser lo que realmente es”. Para el segundo Dalí, lo descabellado es que el primer Dalí “crea ser DALI”, mientras que lo correcto, para él, es creer que Dalí no es DALI.

Por eso nos preguntamos: ¿qué dicho es más delirante de los dos? ¿Qué decir es más irracional? ¿El del primer Dalí o el del segundo? ¿Que el primer Dalí crea que es el segundo o que el segundo crea que no es el primero?

El segundo DALI dice que el primer Dalí es un loco, porque piensa que ES él, alguien que no es –aquí está el primer giro-; pero lo delirante es que este segundo DALI crea, de verdad, que esté plenamente convencido de que el primer Dalí  NO–ES quien realmente ES, o sea,  él mismo.

De esto surge la siguiente estructura:


                        Dalí.....................(es).........................Dalí                        
Dalí..(es un loco que se cree que es)..Dalí.
 Dalí...................(no es).......................Dalí


Comencemos por lo primero: Dalí no es Dalí. En cambio, por ejemplo, Maradona sí es Maradona. “Es el que Es”, como el bíblico Jehová.

Si tomamos como parámetro de comparación al jugador argentino en función de aquellas gloriosas y tan controvertidas frases que tanto hemos analizado en nuestro libro (recordamos, El Nombre de DIOS, del cual tanto nos hemos explayado en otro lugar de este blog)  podríamos decir que, Maradona no es un loco que, como Dalí, cree ser alguien que, en realidad, no es. Por el contrario, Maradona sabe perfectamente que es Maradona y sabe quién es Maradona, y lo que representa para los hinchas en todo el mundo. Y por cierto, lo sabe muy bien. Por otro lado y siguiendo la misma idea, lo mismo  podríamos decir que pasa con el Hijo de Dios; Jesús sabe perfectamente que es El Cristo resucitado. Porque Jeshúa es “Jeshucristo”.

Por esa razón, podríamos agregar en función de esto que acabamos de decir una vuelta más sorprendente aún y decirlo así:

Dalí no se hace el loco; “Dalí es un loco que se hace el Dalí”.

¿Quién podría acaso no decir que este trazo esquizoide en el discurso delirante de Dalí no es lo más pintoresco que hayamos podido ver de su rasgo y personalidad?

Es indudable que lo mas atractivo de la genial locura del pintor tiene que ver con el círculo y la metáfora de la eternidad, con esa la figura geométrica identificada, desde la más remota antigüedad, con la divinidad y la perfección. Lo que hay de “loco” en su discurso es este aspecto que en él se identifica con la eternidad, manifiesta en la circularidad y la omnipresencia que encuentra en saberse o sentirse o ser Dios –para él mismo-; con el orden aparentemente caótico de lo que es al voleo, con lo que gira de un lado a otro con control.

La famosa locura “Daliniana” ya está implícita en esta articulación ser–no–ser. En este saberse mortal y, por otro lado, creerse Dios. Por esta particularidad de esta personalidad escindida, por la palabra que lo parte y atraviesa, es que permanece suspendido en esta oscilación de “saberse y-no saberse” dividido. Porque, acaso, ¿no es el mismo decir el que lo aparta y lo enajena de su propia mismidad?

Dalí se agranda, se potencia y se proyecta mentalmente al cuadrado cuando se encuentra cara a cara con Dali, ese “otro” de él mismo, que lo duplica, que todo el tiempo le dobla el sentido de lo que es y no es. En fin, que lo convierte en alguien que, decididamente, es y al mismo tiempo no es, y que, por otro lado, vive siendo lo que no es, y deseando ser lo que nunca será.





[1] Las mayúsculas en contraposición con las minúsculas de su nombre permiten entender más fácilmente lo que unas líneas atrás dijimos sobre la idealización que él mismo hace de su propia persona.



Hugo Cuccarese

Humberto Hugo Cuccarese




miércoles, 16 de julio de 2014

LA ESTANTERÍA Y LOS VEINTE TORNILLOS

Un ejemplo maravilloso

El marido de una joven e inteligente mujer le cuenta a su suegro que quiere poner una estantería en la pared de la casa, precisamente en la habitación donde trabaja su esposa -porque la usa de taller para hacer manualidades-, y le dice que para amurarla bien le va a poner como mínimo veinte tornillos. El suegro le dice: ¡Pero es una barbaridad! ¿Para qué tantos? Con que le pongas tres tornillos solos alcanza y sobra. Y él le contesta: ¿Vos querés que yo te diga para qué quiero ponerle veinte tornillos a la estantería? Muy bien, yo te voy a decir por qué quiero ponerle tantos tornillos a esa estantería. Le quiero poner veinte tornillos a esa bendita estantería porque si por una de esas putas casualidades llega a caer un rayo al lado de mi casa, y ese rayo tira un árbol, y ese árbol cae sobre el techo de mi vecino, y el techo de mi vecino se viene abajo, y al derrumbarse su casa, una de las paredes linderas golpea la mía, y al golpearse la pared de mi casa, la estantería se cae del cimbronazo… mi mujer… –¡tu hija!- me hace un escándalo y un quibombo más grande que el que causó el rayo en todo el vecindario.

Así de divertida comienza esta breve anécdota  que me contó un paciente que conoce a esta persona, y que decidí adjetivar como “maravilloso”, por las connotaciones fantasmáticas que pueden verse implícitas en el discurso de este sujeto, ya que gracias a Freud sabemos la importancia que tiene el chiste en su relación con el inconsciente. Ahora bien, la pregunta de rigor y que salta a la vista es, sin lugar a dudas, ¿qué es lo que está tratando de sostener este sujeto cuando habla de querer “sostener la estantería”?

Veámoslo pues.

Lo primero que podemos decir porque es muy evidente es que este sujeto sabe, y sabe perfectamente bien, -aunque, por supuesto, no concientemente-, es que por más que se esfuerce y ponga toda su voluntad en amurar esa estantería (ya sea con veinte, doscientos o dos mil tornillos) esa estantería, irrevocablemente, está condenada a caerse de la pared. Cuando este sujeto utiliza el modo potencial para decir “por si en una de esas casualidades llegara a caer un rayo...” lo que está haciendo es anticipándose  a algo que, a todas luces, ya sabe que va a ocurrir.

En este simpático relato la exageración tiene una función muy precisa y muy importante, que es no simplemente la de crear el efecto chistoso, sino la de ayudar a decir algo que, de otra manera, resulta imposible de poder decirla. En otras palabras: el sujeto de esta anécdota utiliza un chiste como un recurso discursivo para decirle al suegro lo que, evidentemente, no puede decirle hablándole en serio. Sin embargo, el sujeto no sabe que esta hablando en serio cuando construye en su relato esta sucesión de imágenes graciosas, como un modo de poder decirle al padre de su esposa algo que es muy importante para él. Y por cierto; sabiéndolo o no, le esta hablando nada menos que de él, de él mismo y de su hija, que es su esposa, y por supuesto, de la relación que tienen en sus ya once años matrimonio.

Cuando este sujeto le dice al suegro, “¿vos querés que yo te diga para qué quiero ponerle veinte tornillos? Muy bien, yo te voy a decir porqué quiero poner le tantos tornillos a la estantería. Le quiero poner tantos tornillos por si en una de esas casualidades...” se percibe de inmediato la intención deliberada que tiene de esconder o de ocultar algo que, en el fondo, no sabe bien qué es, pero que por alguna razón siente que debe disfrazar con una construcción circular, peculiarmente graciosa, para encubrir el carácter dramático que eso pareciera llevar implícito.

Si este relato, que el sujeto construye especialmente para su suegro –el otro a quien va dirigido su mensaje, pues como suegro empalma en la transferencia con el lugar de un padre para él- encierra, por necesidad, un carácter chistoso, es justamente para poder alivianar la angustia que le provoca reconocerse ante el suegro como impotente. Pues él mismo reconoce la imposibilidad que tiene para sostener algo que, pese a sus denodados esfuerzos, sabe que está condenado a caerse. A fracasar.

Este sujeto apostó al chiste -con la expresa intención de hablar de su esposa-  ignorando que en el seno de este mismo recurso, que decidió usar para llevar a cabo su malicia, digámoslo así, se expresaría su propio inconsciente. Lo que este sujeto nunca imaginó es que el tiro le saldría por la culata, es decir, que al pretender dejar en falta a su mujer quedaría expuesto él mismo con su problema con la impotencia (que no es necesariamente la impotencia de su miembro viril, aunque podría tratarse de esa también). Él creyó que al imprimirle a su argumento un tono divertido iba a dejar mal parada a la esposa frente a su suegro -por aquello de lo histérica que se pone cuando él hace algo que a ella le molesta o cuando él no hace algo que ella quiere que haga- y lo que nunca supo el pobre –y ni por las tapas alguna vez sospechó- es que fue él mismo quien quedó al desnudo con este cuentito gracioso y engañoso.

En este relato hay algo del orden de “lo insoportable” que es muy claro de ver. Pero no sólo en el sentido de lo que no puede sostenerse, como la estantería, sino también en el sentido de lo que es “inaguantable”, “intolerable” o “insufrible”, y tal vez sea esta una de las claves para desentrañar el desliz: lo que este sujeto ya no puede soportar es a la esposa. Él mismo lo dijo: de no poder soportarse la estantería, mi propia mujer se volvería insoportable. Pero también está aquí la cuestión de que es “él mismo” quien lleva todo el  peso sobre sus hombros; él es el que debe soportar a la insoportable estantería, que, de hecho, es la insoportable de su esposa. 

La construcción del relato chistoso le sirve a este sujeto para deslizar una verdad que no puede decir más que de una manera dividida  o di-vertida (dos vertientes, dos maneras). No es que con el relato de la  repisa esté encubriendo u ocultando algo del orden de la verdad, es que él utiliza esta manera para poder decir su verdad, que no puede decirla frente al suegro, directa y abiertamente. Por lo que ese “rayo” que él introduce en su narración fantástica, digamos, como el causante mítico de la caída de la estantería -porque no dijo que podía caerse por un peso excesivo u otra cosa por el estilo-, el rayo es la imagen que su inconsciente decidió utilizar para representar algo con el fantasma de su esposa. En el mito griego, ya sabemos, el rayo era lanzado por la cólera del dios Zeus, que aquí, como vemos claramente, es la cólera de la divina de su mujer.

Si este sujeto se toma todo el trabajo de hacer esta construcción simbólica en la que va  haciendo desplazar una serie de imágenes cómicas (donde una imagen hace caer a la otra, y la otra a la siguiente como en un efecto dominó, y así hasta llegar a  la primera imagen, que es “el rayo”, enviado desde las olímpicas alturas por su regañona mujer, que logra voltear a la última, “la estantería”, colocada por el marido), es justamente para resguardarse de la ira de su adorable mujer[1]. Porque, como él dijo, el solo hecho de saber que la estantería que le mandó colocar su irascible mujer no resistió los embates de su ira, ya sería suficiente motivo para que ella vuelva a enfurecerse... Y enfurecerse con él.

Como decíamos antes, la constante en este relato es “la caída”, lo que no puede soportarse por sí mismo. De allí el caracter insoportable de su esposa como una reacción consecuente ante dicha imposibilidad. Sabemos por la persona que nos cuenta esta anécdota que su matrimonio está pasando por una de sus peores crisis, y esto explicaría la mala relación que tiene con su  mujer -quien en este momento se encuentra particularmente susceptible, en especial con cada cosa que él hace o deja de hacer- sin embargo, es evidente que este sujeto le está poniendo todo el esfuerzo y la voluntad para tratar de sostener su matrimonio. Aunque en el fondo sepa que es en vano.

El suegro sabe que con “tres” tornillos es suficiente, pero al yerno no le alcanzan “tres” simples tornillos –o no cree que le alcancen-, sino que él  va por los veinte. Pero lo loco es que él mismo sabe que “veinte” tampoco son suficientes, y que no alcanzan para poder  sostener lo que dice que quiere sostener. Este sujeto sabe con certeza que ni veinte tornillos ni doscientos tornillos van a sostener lo que no puede sostener tres simples tornillos, que además, es el número de la estructura y de lo que simbólicamente aporta solidez. Que es una metáfora de lo que está haciendo él ahora: le está dando veinte millones de cosas a la mujer y ninguna de ellas parece servir para satisfacer su permanente y voraz demanda. Podríamos decirlo así: Cada cosa que le da es un tornillo que se cae. Un esfuerzo que no sirve.

El problema parece estar en que el número tres no aporta para este sujeto la idea de solidez que sí tiene para el resto de la gente -o por lo menos para su suegro-. Y la pregunta es, ¿por qué? ¿Por qué este sujeto no puede encontrar sostén en el número tres, justamente el número que representa lo que sostiene, en este caso, la estructura familiar?  ¿No será que este sujeto nunca llega a constituir el número tres y siempre se queda con el que ya conoce, que es el número dos, el número de la pareja, el dos que funciona como uno? No será que el número tres no lo sostiene porque él es el que no puede sostener al tres? ¿No será que de los “tres” tornillos básicos que debiera utilizar para sostener la estantería hay “uno” que nunca adquiere la suficiente fuerza y consistencia que necesita para cumplir la función de sostén, y que, la suplencia de una infinidad de tornillos jamás podrán llenar el vacío que deja la falta de este tornillo inexistente, de ese tornillo que nunca llega a constituirse como tal? Porque es como si quisiera sostener la estantería con un solo tornillo.

Ahora bien. Es simple: para que una repisa se mantenga firmemente estable, con dos tornillos, uno en cada extremo es suficiente. Pero si es un poco extensa y se coloca mucho peso, para que no colapse y se parta por el medio, con un tornillo más en el centro alcanza y sobra. Y es este “tercer” tornillo en el medio del estante el que decididamente aporta la verdadera fuerza para sostener toda la repisa. Por eso  nos preguntamos si no es justamente este tercer tornillo (el del medio) el que estaría faltando en el discurso de este sujeto para constituirse como tal la función del número tres. De ser así, este tornillo que esta faltando, evidentemente no puede ser otro que el tornillo que le falta a la  mujer. Y no lo decimos solamente en el sentido figurado, cuando le agarra esos ataques de ira ante la impotencia del marido, sino cuando comprende que si la estantería no se sostiene, como no se sostiene su matrimonio, es porque hay algo allí del orden de la falta, de lo que no anda, de lo que falla todo el tiempo. Y lo que falla aquí es ese tercer tornillo que no puede cumplir con la función de apoyatura, pero no solo porque no puede sostener a la repisa sino porque no puede sostener a ese sujeto, porque ése es el tornillo que falta. Y ese “tornillo” que falta para que el marido pueda sostener lo que dice que quiere sostener no es otro que el hijo que le falta a la mujer. El hijo (el tercero), el que lograría fundar una familia (el tres), y tal vez poder sostener mejor su  vida conyugal.
Y si falta ese tornillo falta también el sujeto que
Como podemos ver, ese “tercer tornillo” –el que alcanza y sobra para sostener la estantería, y que aquí brilla por su ausencia- es lo que le falta a la mujer y lo que le demanda al marido, el hijo que podría fundar los pilares de una familia. Pero pareciera que el problema radica en que ese tornillo -que falta-  es también el deseo con el que no cuenta el marido. Es como el caso del “tercero excluido”, pero aquí al revés: no es el padre el que queda excluido de la célula madre-hijo sino el marido que, desde el lugar de hijo, no puede incluirse como padre (porque ya está incluido como hijo), como el que no puede. Este sujeto está obsesionado por sostener lo que se empeña en sostener, pero no puede. Y no puede, porque desde el lugar donde se encuentra, no desea. Así de simple.

El fantasma de este sujeto crea en él la obsesiva idea de que, haga lo que haga, la estantería está destinada a caerse de la pared, porque la “pared” no es otra cosa que el lugar donde se encuentra el “padre” anagramado (padre-pared). Y así, como no se sostiene la repisa en la pared tampoco sostiene este sujeto su deseo de ser padre. Y, seguramente, la  incapacidad que encuentra para sostener una simple repisa este mostrando una imposibilidad real para sostener, no solo su matrimonio ni su deseo de ser padre, sino también una imposibilidad para sostenerse él mismo en la vida.

Este sujeto ha decidido construir este relato inocente, casi infantil, bajo la forma de un mensaje cifrado, especialmente dirigido al padre de la esposa, como una forma de decirle algo mas o menos así: “Suegro, si nuestro matrimonio está representado por esta estantería, y esta estantería colapsa y se parte al medio –porque ella la derriba- y se cae, nos tenemos que separar.  Porque es tu hija la que no quiere sostener esta relación, y con la fuerza de un rayo fulminante, intenta todo el tiempo derrumbar lo que yo ya  no sé cómo sostener”. Lo que nuestro sujeto no sabe -o no quiere darse cuenta- es que es un sólo tornillo el que le falta a su mujer, Y es justamente ese tornillo, ese hijo, el que pese a todos sus esfuerzos, y por su posición de hijo,  no se halla en condiciones de brindarle como hombre.

Como vemos, el ingenioso argumento que ha elaborado en forma de chiste el inconsciente de este sujeto, para deslizar frente a su suegro una verdad que, ni él mismo se atreve a escuchar ni a proferir, podríamos sintetizarlo ahora con una sola expresión:  “Suegro; lo lamento mucho, no puedo darte un nieto”.

En el seno de este relato risueño y fantástico nadie puede soportarse a sí mismo; ni la mujer, ni el marido, ni el matrimonio, ni el deseo de tener un hijo ni el de fundar una familia. Tal vez sea la misma estantería, irónicamente, la única que en todo este cuento maravilloso se puede soportar. Soportar a sí misma.

Porque como dijo el suegro: “Con tres tornillos alcanza y sobra”.


Anexo.

Lo que viene a confirmar esto que desarrollamos en las líneas precedentes es un comentario que me hizo el mismo paciente que conoce a esta persona, y que me contó esta anécdota, un comentario –que por supuesto hizo al pasar y que yo decidí tomar para ilustrarlo aquí-  que demuestra perfectamente bien el sentido y la dirección de lo que nosotros explicábamos en el artículo, según la particular mirada psicoanalítica que nosotros hicimos sobre el hecho.  Y es el siguiente.

Este paciente (el que conoce al protagonista de la anécdota)  me dice que el  sujeto en cuestión tuvo que llevar a un programa de televisión -al que iba a asistir su esposa como conductora en un ciclo de manualidades que va por el cable, una serie de elementos desarmables para que ella, su esposa, pudiera mostrarles a los televidentes cómo se hacían ciertas cosas que ella realiza en su taller, entre las que se encontraban, oh, casualmente, unos estantes desmontables, y el sujeto de nuestra simpática anécdota no va y… ¿qué hace? Pues bien. ¡Se olvida de llevar los tornillos!





[1] El estilo que utiliza este sujeto para narrar esta sucesión de imágenes chispeantes nos hace recordar a las parábolas de Chuang Tse; que aquí, reelaboradas por nosotros, podrían sonar más o menos así: “El rayo tira al árbol, el árbol tira al techo, el techo tira la pared y la pared tira la estantería.  La mujer le dice al marido (como si ella fuera la diosa y él el mortal): ¿Por qué la estantería que te mandé a colocar no soportó el rayo que le envié?”.


Hugo Cuccarese


Rin tin tin